martes, 4 de septiembre de 2012

Conseguí un laburito en Nueva Zelanda!

Kaixo gente!!! Cómo andan?

Les cuento q Yo estoy super contento! Conseguí un laburito en la Región Hawke´s Bay de la Isla Norte de Nueva Zelanda (New Zealand).
No es gran cosa, pero pa´empezar está bien. Es de vendedor de pochoclo, y el puestito lo tengo al pie de la colina...

TAUMATAWHAKATANGIHANGAKOAUAUOTAMATEATURIPUKAKAPIKIMAUNGAHORONUKUPOKAIWHENUAKITANATAHU*.

El puesto se llama...
El pochoclo loco de Taumatawhakatangihangakoauauotamateaturipukakapikimaugahoronukupokaiwhenuakitanatahu.

Acá les dejo una fotito pa´q ubiquen el lugar...De ahí, 20 mts pa´la derecha está el chiringo.





Al q dice bien el nombre de la colina, le doy un paquetito de pochoclos gratarola!!!

Y no se olviden de pedir la especialidad de la casa: 

Doble Pochoclo a la Taumatawhakatangihangakoauauotamateaturipukakapikimaugahoronukupokaiwhenuakitanatahu con Dulce de leche y Chocolate.


Los espero!

Agur.

* Ésta colina posee el Record Guinness al nombre de topónimo más largo del mundo del alfabeto Latino, 85 letras. Aunque el título se lo discute, la ciudad de Bangkok.
Ustedes me dirán...La capital de Tailandia, tiene sólo 7 letras, Mamerto...Contá bien!

Pero en realidad el nombre completo (ceremonial) transcripto a nuestro alfabeto latino consta de...163 letras!!!...Q no pienso poner ni mamao.
Bye.

domingo, 8 de abril de 2012

Hero y Leandro


La mitología griega está repleta de bellas y fabulosas historias.
Las hay de aventuras, de guerras, de venganza, valor y también, por supuesto, de amor.
Entre éstas últimas, una de mis preferidas siempre fue la de Hero y Leandro.

Hero era una joven y hermosa sacerdotisa del templo de Afrodita, la diosa del amor, en Sestos, ciudad de Tracia (actual Turquía) ubicada a la ribera del Helesponto.
La joven vivía en una solitaria torre a orillas del mar y había consagrado su vida al culto de la Diosa.

Al llegar la primavera, una gran multitud de gente, desde varios puntos de la Hélade, acudía al templo a venerar a la Diosa.

Cierto día, concurrió al recinto un joven de Abidos, ciudad q se encontraba frente a las costas de Sestos, atravesando el Helesponto (actual estrecho de los Dardanelos, q separa Europa de Asia, y sólo en suelo Turco).
El joven se llamaba Leandro, y al llegarle su turno de entregar su ofrenda, q consistía en un nido de tórtolas y un vaso de incienso, al altar de Afrodita, vio a la joven sacerdotisa y quedó prendado de su belleza.

 Hero también quedó cautivada por el joven de Abidos.
Se enamoraron perdidamente a primera vista.
Intercambiaron promesas de amor y al manifestarle Hero, q sus padres no aceptarían q ella se casase con un extranjero, Leandro le propuso q él la visitaría cada noche atravesando a nado el Helesponto, sólo para estar con ella.

Hero debía encender un fanal desde lo alto de su torre para orientarlo al cruzar el mar en plena oscuridad.

Así, cada noche durante toda la primavera y todo el verano, Leandro cruzaba a nado los casi 3km q separaban Abidos de Sestos, guiado por la luz del fanal de Hero, sólo para poder estar junto a su amada.

-Mierda! Y Yo me creía todo un romántico, porque alguna vez me tomé 2 bondis y caminé 5 o 6 cuadras pa´ver a una Srta.
Mirá lo q hacía éste pibe!. Debía estar muy buena  la Hero. Apuesto a q sí!
Yo haría lo mismo (y eso q no sé nadar), solamente por Angelina. Por las demás, hasta 30 cuadras a gamba llego, más no creo.

Pero bueno…Volvamos a la historia q nos ¨compete¨…
Ahhh!!!…Ahora sé porque cruzaba el Leandro todas las noches el charco…Venía completa la cosa!...Leandrito Picarón!!! Jeje ehh…bue...

Continuamos…

Una vez terminada la temporada estival (El Verano…zapallones!) Hero le recomendó a Leandro q desistiera de visitarla, ya q se avecinaba el invierno y las aguas del Helesponto en esa época se tornan muy embravecidas y sería mucho riesgo atravesarlas.

Leandro no quiso escucharla al principio, pero al insistirle Hero, terminó aceptando. Pollerudo!

Sólo cuando ella encendiera su fanal él podría visitarla.

Los días pasaron y los amantes no habían vuelto a encontrarse. La desesperación se hizo presente en Leandro...Se ve q Hero, hacía bien su trabajo.

Todas las noches Leandro se acercaba a la costa y observaba hacia la ciudad de Sestos, intentando ver la luz guía de su amada.

Una tormentosa noche de invierno, divisó la luz  q provenía desde la torre de su amada (las malas lenguas dicen q Hero, se había levantado pa´ir al biorsi nada más).
Leandro creyó ver la señal de su amor, q requería su visita y no lo dudó y se lanzó al mar, aunque éste estaba revoltoso y agitado como nunca.
El viento hacía casi imposible el avance del joven.
Luchó y luchó con cada brazada, hasta casi desfallecer.
Cuando se hallaba próximo a la torre, la cual ya podía divisar, una fuerte ráfaga de viento apagó la luz del fanal.
La oscuridad total se apoderó del Helesponto. Leandro ya exhausto y desorientado, no tuvo fuerzas para continuar y fue tragado por el mar.
Su cuerpo sin vida fue arrastrado por las olas hasta la orilla.

*Al amanecer, Hero contempló desde su ventana el cuerpo exánime (Fuaá!!! no metés palabra, Mordi!) de su amado. Desesperadamente corrió hacia la orilla y al abrazar el cuerpo de Leandro, sin decir palabra alguna, ni gritar, ni llorar, ni gemir, cayó fulminada por el dolor sobre el cadáver de su gran amor.

De ésta trágica manera terminaba una de las historias de amor más clásicas de la Mitología griega.

Espero q les haya gustado.

Agur.


Hero y Leandro de William Etty (1828)

















* Algunas otras versiones dicen q ella al ver el cadáver de su amado se arrojó desde lo alto de su torre; o bien q al abrazar el cuerpo sin vida de Leandro, ambos fueron tragados por el mar y jamás se encontraron sus cuerpos.


HERO Y LEANDRO EN LA LITERATURA

HERO Y LEANDRO


A Hero Leandro adoraba, 
y, por verla, enamorado 
el Helesponto cruzaba 
todas las noches a nado. 

Y, según la fama cuenta, 
Hero una luz encendía 
que en las noches de tormenta 
de faro al joven servía. 

Una noche a Hero cansada 
de mirar hacia Bizancio, 
rendida, aunque enamorada, 
la hizo dormirse el cansancio. 

Y esto su amor no mancilla, 
pues todas, lo mismo que Hero, 
tienen el cuerpo de arcilla 
aun teniendo el alma de acero. 

Y lo más triste es que, apenas 
la pobre Hero se durmió, 
cuando un aire desde Atenas, 
la luz, soplando, apagó. 

Viendo él la luz apagada, 
sintió aquel olvido tanto, 
que, maldiciendo a su amada, 
abrasó el mar con su llanto. 

Y queriendo, o sin querer, 
de pena se dejo ahogar, 
sin que él pudiese saber 
si le ahogó el llanto o la mar. 

Lo cierto es que al desdichado, 
al rayo del sol primero 
la tormenta le echó, ahogado, 
al pie de la torre de Hero. 

Y cuando muerto le vio, 
Hero, cual Leandro fiel, 
se arrojó al agua y murió 
como él, por él y con él. 

¡Que ellas, fuertes en amar 
y flacas en resistir, 
si duermen para esperar, 
despiertan para morir!



RAMON DE CAMPOAMOR


EL FAROLITO (fragmento) 

Dame un poquito de tu amor...
Para el corazón.
Dame un poquito, por favor!
Que no viene mal.
Un farolito de ilusión...
Para el corazón.

LOS PIOJOS

UNO DE TANTOS INTENTOS DE QUE ME QUIERAN

Sepa, Srta. q Yo por usted cruzaría,
al igual q el infortunado Leandro,
cualquier mar embravecido,
sólo para contemplarla.
Pero, por favor, le ruego
déjeme siempre una lucecita encendida.
El día q ya no la vea.
Será el momento de buscar
otra luz q me guíe.

MORDI (A una Srta. q pronto me apagó la luz)



PINTURAS SOBRE HERO Y LEANDRO


Hero y Leandro por Rubens



























La última mirada de Hero de Frederick Leighton




























La despedida de Hero y Leandro de William Etty (1827) 

domingo, 4 de diciembre de 2011

Por el bulevar de los sueños rotos - Joaquín Sabina

Excelente tema del maestro de Úbeda, dedicado a su gran amiga Chavela Vargas, quien hoy con más de 90 años, sigue pisando escenarios y grabando disco...Chapeau!


POR EL BULEVAR DE LOS SUEÑOS ROTOS

En el bulevar de los sueños rotos
vive una dama de poncho rojo,
pelo de plata y carne morena.
Mestiza ardiente de lengua libre,
gata valiente de piel de tigre
con voz de rayo de luna llena.

Por el bulevar de los sueños rotos
pasan de largo los terremotos
y hay un tequila por cada duda.
Cuando Agustín se sienta al piano
Diego Rivera, lápiz en mano,
dibuja a Frida Kahlo desnuda.

Se escapó de cárcel de amor,
de un delirio de alcohol,
de mil noches en vela.
Se dejó el corazón en Madrid
¡quien supiera reír
como llora Chavela!

Por el bulevar de los sueños rotos
desconsolados van los devotos
de San Antonio pidiendo besos
Ponme la mano aquí Macorina
rezan tus fieles por las cantinas,
Paloma Negra de los excesos.
Por el bulevar de los sueños rotos
moja una lágrima antiguas fotos
y una canción se burla del miedo.
Las amarguras no son amargas
cuando las canta Chavela Vargas
y las escribe un tal José Alfredo.

Se escapó de cárcel de amor,
de un delirio de alcohol,
de mil noches en vela.
Se dejó el corazón en Madrid
¡quien supiera reír
como llora Chavela!

Las amarguras no son amargas
cuando las canta Chavela Vargas
y las escribe un tal José Alfredo.

Por el boulevar de los sueños rotos…

Video

jueves, 1 de septiembre de 2011

La mejor de mi vida de Eduardo Sacheri

Cada tanto, se me da por recordar la mejor atajada de mi vida: con mano cambiada, sobre el ángulo superior izquierdo de mi arco, una tarde de 1985.

Dicho así suena como un recuerdo digno, respetable. Pero si agrego algunas precisiones, la evocación se desluce, se empequeñece, se convierte en apenas un “recuerdito”, así en diminutivo. Un recuerdito doméstico, un poco suburbano. Porque esa atajada, la mejor de mi vida, se produjo en un partido intrascendente, de esos que los pibes de quinto año jugábamos antes de las clases de educación física en la canchita de tierra del Nacional Manuel Dorrego de Morón, una tarde cualquiera de un día como todos los otros.

Pero así son las cosas, me guste o no me guste. Uno no puede elegir el fulgor de los momentos, ni su oportunidad, ni su contexto.

Sería mejor, más digno, que mi atajada hubiera tenido lugar en una cancha profesional, durante un partido de primera, con las tribunas repletas y las cámaras de televisión atentas y los relatores de radio enardecidos. Sería mejor, más digno, que yo pudiese hoy, veinticinco años después, recurrir a un videocasete y recuperar en él todos los brillos, y los flashes, y el uuuuuhhhh prolongado de los hinchas atónitos. Pero no se me dio. Esa no fue mi vida. A mí me tocó esta leyenda chiquita, esta epopeya sin mayúsculas.

Unos metros afuera de mi área, Rodrigo Manigot, de quinto octava, se dispone a pegarle un terrible derechazo a una bola que le ha quedado en el mejor lugar y del mejor modo. No le llega picando ni pegada al piso. No le llega girando sobre sí misma con un efecto extraño. No le viene a la pierna menos hábil. Nada de eso. Le llega perfecta y al lugar justo. Le llega ideal para retroceder la pierna derecha y generar el más amplio y enérgico recorrido y darle con alma y vida y mandarla a guardar en mi pobre arco de madera.

Ahí estoy yo. A los diecisiete, todavía conservo alguna remota esperanza de atajar “en serio”. De que alguien me descubra. De que me lleven a algún club. De que me paguen por hacer lo que más me gusta.

Atajo desde siempre, o desde que descubrí que en el arco puedo ser distinto, necesario, útil a los míos. Atajo desde que me di cuenta, a los diez años, que para ser arquero lo más importante no es el talento sino las agallas, la voluntad, los huevos. Por supuesto que hay que tener técnica. Volar de palo a palo. Achicar a los delanteros que entran con pelota dominada. Descolgar centros. Pero sobre todo, para ser arquero hay que estar dispuesto a tapar con la cara, la panza, las piernas, los dientes o la espalda, con lo que sea con tal de que la pelota no entre. Supongo que a los diecisiete voy al arco, entre otras cosas, porque combino cierta predilección por la soledad, una buena disposición para el sacrificio y una resignada serenidad para aceptar los golpes y la responsabilidad.

Jugar afuera, en cambio, me genera ansiedad, dudas. Y en la adolescencia no me gusta dudar, ni sentirme inseguro. Demasiados pases posibles, demasiados imponderables, demasiados compañeros y rivales frente a nosotros y a nuestra espalda, demasiadas decisiones a tomar. No me gusta eso. En el arco es distinto: yo solito con mi alma el mandato simplísimo de que no me vacunen. Eso solo. Nada más. El año anterior, de una patada me han roto el dedo meñique de la mano derecha. Este año, el pulgar de la izquierda. No importa. Tampoco valen nada las quemaduras perpetuas en los muslos porque juego en canchas chúcaras que tienen piedras y tierra en lugar de pasto. Ni me asusta que mi vieja se asuste de esas úlceras (así las llama ella, que es odontóloga) que se me forman en las rodillas, producto de abrirme las lastimaduras tarde a tarde, porque jamás les doy tiempo de cicatrizar. No importa.

Cuando sea más grande, a los veintipico, voy a cansarme de jugar al arco, e intentaré encontrar mi sitio en otro lugar de la cancha. Estaré harto de los dolores en las rodillas, de las torceduras de los dedos, del recuerdo persistente del gol que me hice yo solito y nos hizo perder aquel partido. Pero en 1985 todavía no. Porque conservo la esperanza de que me vean, de que me llamen, de convertirme en jugador en serio, aunque en lugar de ir a probarme a Vélez o a Ferro lo que hago sea malgastar mi tiempo y mis articulaciones en esos partidos inútiles con mis compañeros en el Nacional de Morón.
Pero volvamos al delantero y a su jugada de gol. Rodrigo Manigot es flaco, alto, tiene las piernas larguísimas. Es veloz, de tranco largo, habilidoso a pesar de la altura. Y sobre todo, le pega a la pelota con un fierro. Seco, esquinado, un peligro. En ese fútbol en el que todos tratan de meterse al arco con pelota y todo (y que a mí me favorece, porque lo que mejor hago es salir a achicar), es uno de los pocos pibes de la escuela que se animan a pegarle desde afuera del área.

Y entonces arranca la mejor atajada de mi historia. Por el rival, por el derechazo que va a sacar, porque la pelota va a ir al ángulo superior izquierdo del arco que da al gimnasio en la canchita del Nacional de Morón, y porque yo sé todo eso un segundo antes de que ocurra. Es que, a veces, el fútbol nos permite eso. Saber las cosas que van a pasar antes de que pasen. Saber si a tu equipo van a embocarlo a la primera de cambio. Saber si ese petisito que acaban de traer es un crack o es un paquete. Saber si este clásico lo vas a ganar o te llenan la canasta. Una especie de gimnasia de anticipación, producto de jugar y jugar, de mirar y mirar, durante horas y horas y años y años de fútbol.

Por supuesto que eso no sucede siempre. De lo contrario, los futboleros mereceríamos manejar los hilos de la humanidad y el destino de la patria. También nos equivocamos, seguido y profundo. Pero a veces no. A veces, sabemos lo que va a ocurrir antes de que pase. Y experimentamos la sensación gozosa y errática y fugaz de que la vida nos sigue el tranco a nosotros y no al revés, como pasa siempre.

Y yo, a los diecisiete, esa tarde que para todo el mundo menos para mí es una tarde como todas las otras, apenas lo veo a Manigot preparando el bombazo me adelanto a dar un paso hacia mi izquierda, para tomar envión. No necesito sentir el golpe seco que su pie derecho le pega a la pelota. Ni necesito ver la trayectoria. Todo eso ya lo sé. Lo único que preciso es seguir subiendo en el aire. Yendo y yendo, hacia arriba y hacia la izquierda, hacia el ángulo esquivo de mi arco. No voy detrás de la pelota a intentar sacarla. Voy al encuentro del balón, que no es lo mismo. Mi cabeza y mi vuelo tan tan por delante del asunto que casi se trata de colgarme del aire para esperarlo.

Igual es un balinazo, claro. Un tiro recto que viene casi en llamas. Por eso tengo que girar en el aire y cambiar la mano. Para lograr ese poquito de aceleración que me falta. Para colmo de bienes, algún comedido de quinto octava ya está gritando el gol. Y no hay nada más lindo que tus rivales griten gol en una bola que vos, solo vos, que sos el arquero, sabés que no va a ser gol. Apropiarte del grito, engullirlo, aplastarlo entre tus manos enguantadas. Y mientras lo hacés, anticipás el grito de los tuyos, que no pueden creer que los hayas salvado, que hayas sabido salirle al cruce al destino. Ese grito agradecido que te compensa de todos los golpes y todas las quemaduras y todos los insomnios que te chupaste y te vas a seguir chupando por todos los goles idiotas que te has comido y habrás de comerte.

Y ahí va el manotazo con mano cambiada, del arquero que, como dirían los relatores de antes, “se hace junco en el ángulo superior izquierdo”. Y mientras caigo al suelo, mientras me lleno de tierra, mientras mis amigos festejan, escucho un clap, clap, clap al que no estoy acostumbrado. Abro los ojos en la nube de tierra que mi aterrizaje ha levantado. Contra la pared del bufet, tres chicas (¡sí, tres chicas!) que no tienen ni idea de fútbol pero aplauden mi atajada. A veces la felicidad es así: te asalta completa y redondita.

Muchas veces, desde 1985, he de recordar esa tarde o más bien, ese momento de ese partido de esa tarde. A Rodrigo Manigot no vuelvo a verlo. Hasta que 25 años después nos encontramos en un festejo de egresados 85 del Colegio Nacional Manuel Dorrego de Morón. Y Manigot me dice algo que me deja helado: me cuenta que el mejor gol de su vida me lo hizo a mí, en alguno de esos desafíos de quinto contra quinto del año 85, en la canchita de tierra de la escuela, el 4 a 3 de un partido chivo que se resolvió con uno de sus zapatazos terroríficos.

Yo no recuerdo ese gol, pero sé que me dice la verdad. Cómo no le voy a creer si a mí me pasa lo contrario, que en este caso quiere decir que me pasa lo mismo. Otro partido, el mismo rival, otra jugada, la misma cancha.

Me vuelvo a mi casa pensando que alguna vez tendré que escribir esta historia. Aunque me dé un poco de pudor hablar de mí. O un poco de vergüenza esto de situar mi magia y mi leyenda en un partidito de morondanga, en cancha de siete, en un desafío cualunque de una tarde ordinaria. Pero uno no elige el momento en que lo asaltan los milagros.

La bola en llamas rumbo al ángulo. Mi vuelo tenaz de arquero esclarecido. La mano cambiada, el cielo y tres aplausos sueltos. Hay tantos paraísos como personas sueltas por ahí.